Skip to main content

Frère Christian

Frère Luc

Frère Christophe

Frère Michel

Frère Bruno

Frère Célestin

Frère Paul

Homilía - Mons. Vesco


Queridos hermanos y hermanas,

Cuando llegó el momento de preparar la celebración de la beatificación de monseñor Pierre Claverie y sus dieciocho compañeros y compañeras mártires, entre ellos los siete monjes de Tibhirine, tuvimos que decidir una fecha para la celebración de la memoria litúrgica. La más adecuada era ese 8 de mayo, día del asesinato del hermano Henri Vergès y de la hermana Paul -Hélène en nuestra biblioteca Ben Cheneb de la Casbah, el 8 de mayo de 1994. Fue el primer asesinato de una interminable serie. Más tarde, nos daríamos cuenta de que el 8 de mayo era también el aniversario del nacimiento de Pierre Claverie y veríamos en esta feliz coincidencia una confirmación de lo acertado de nuestra elección.

Esta confirmación nos pareció aún más providencial si se tiene en cuenta que, en Argelia, el 8 de mayo está marcado por el recuerdo de la muerte de miles de personas en Sétif el 8 de mayo de 1945 y los días siguientes, así como en Guelma y Kherrata. Aunque éramos conscientes de la ambigüedad que podía suscitar nuestra elección, la mantuvimos con firmeza. En absoluto por desinterés hacia el drama de Sétif, ni mucho menos por provocación. Mantuvimos esta elección porque nos pareció que este recuerdo de los beatos mártires de Argelia podía ser como un antídoto simbólico contra el veneno de las masacres del 8 de mayo de 1945. El sentido último del testimonio de los diecinueve beatos es, en efecto, el de una fraternidad con sabor a amistad que prohíbe desertar cuando el peligro acecha, para todos, cristianos y musulmanes. Una fraternidad hasta la muerte.

Sin embargo, precisamente la tragedia del 8 de mayo de 1945 en Sétif, en un momento en que en toda Francia se celebraba con júbilo la liberación del país, tiene sin duda mucho que ver con una fraternidad traicionada y pisoteada. La guerra de 1939-1945, en la que participaron contingentes enteros de soldados procedentes de Argelia, forjó una fraternidad de armas que es, sin duda, la fraternidad humana más fuerte que pueda existir. Después de haber combatido juntos bajo el fuego enemigo en Monte Casino y en otros lugares, el curso de la vida ya no podía volver a ser como antes. En cierto modo, la liberación de Francia supuso el fin de la época colonial, consagró el derecho inalienable de los pueblos a la autodeterminación y abrió inexorablemente el camino hacia la independencia, pero no supimos, ni pudimos, verlo ni comprenderlo. El curso de la historia podría haber cambiado, en Argelia y en otros lugares de África.

El testimonio de los diecinueve beatos, unos cincuenta años después, restablece a su manera el sentido y el valor de esa fraternidad de armas, valiéndose únicamente de las armas de la fidelidad al compromiso adquirido y del amor fraternal recibido de sus amigos y vecinos musulmanes, y devuelto a costa de sus propias vidas.

Treinta años después, este testimonio no ha perdido nada de su candente actualidad. Ahora más que nunca, afirmar la posibilidad de una fraternidad más fuerte que nuestras diferencias culturales y religiosas, más fuerte que las heridas de la historia, una fraternidad inscrita en el frontón de nuestros ayuntamientos y en el corazón del mensaje evangélico, es una urgencia y un deber. Este es el mensaje para hoy de los beatos mártires de Argelia, nada más. Este mensaje no es solo de actualidad. Es de siempre y para siempre.

Para terminar, debo reconocer que las palabras que acabo de pronunciar no son fruto únicamente de mi iniciativa. Son el resultado de una reflexión conjunta con Hubert de Chergé, el hermano de Christian. Hubert va más allá y propone que este 8 de mayo se convierta en un día internacional dedicado a todas las víctimas de todas las guerras.

Amén.